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| Una historia con T.D.A-H Gustavo es un hombre de 40 años que habla rápidamente, salta de un tema a otro y no puede estar quieto en ninguna parte. Sentado, se retuerce en el sillón, sacude los pies, golpea con los dedos sobre la mesa. Siempre ha tenido energías de sobra. Ya en tiempos de la escuela elemental no podía estarse quieto y compañeros y profesores se terminaban cansando de sus "turbinas prendidas", como a él le gustaba decir. Como su capacidad para prestar atención era tan escasa, su madre se sentaba con él a hacer las tareas escolares. Trataba de poner orden en el caos de sus cuadernos y luchaba para que aprendiera lo que Gustavo no había escuchado en clase debido a los escasos minutos que duraba su atención. Debido a toda esa ayuda, en la escuela primaria sus notas fueron pasables. En la adolescencia, profesores puestos por los padres lo preparaban en las muchas asignaturas en las que sus notas eran insuficientes. Los docentes decían siempre lo mismo: "Es inteligente pero no atiende" y "Molesta en clase pero no es un mal chico". El tropiezo grave apareció recién cuando intentó estudiar medicina. "Hubiera necesitado veinte años para graduarme", decía, porque apenas lograba estar un tercio del tiempo sentado y concentrado. Sabía algunas partes del programa muy bien y de las otras no tenía ni idea. Con la autoestima lastimada y un estado de ánimo depresivo que duró algunos meses, decidió abandonar la universidad y hacer cursos de ventas. Hoy Gustavo es un excelente vendedor: activo, emprendedor, habilidoso para causar una primera impresión positiva. Pero su supervisor está bastante descontento: no cumple con el llenado de las planillas que exige la empresa y algunos clientes importantes se quejan de que Gustavo carece, muchas veces, del necesario tacto social y "mete la pata" con comentarios y chistes imprudentes. Gustavo tiene últimamente problemas con su mujer. Ella está harta de su dificultad para escuchar, de que salga con cualquier otro tema en medio de una conversación importante, de que la acuse de ser la responsable cuando, como sucede habitualmente, no encuentra las cosas que dejó tiradas por cualquier lado. Pocas semanas atrás, Gustavo iba en su automóvil con su mujer cuando vio una casa en venta. Ellos no estaban buscando casa, apenas habían empezado a hablar de mudarse, pero como a él le gustó paró para verla y cerró trato. No entendía por qué su esposa estaba tan enojada cuestionándole su impulsividad y lo poco que la tenía en cuenta. Colaboró en este artículo: Psic. Alicia Facio |
Fobias escolares: pueden confundirse con berrinches, pero son persistentes. Trastorno por déficit de atención e hiperactividad: afecta al 3-6% de los niños en edad escolar. Autismo: respuesta en familia: podemos aprender a convivir y ser felices.
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